El gran bicentenario de la independencia, hoy a casi 200 años de las campañas libertadoras de Simón Bolívar, del sueño heroico de la gran Colombia, de tantas y más luchas que afronto este país para conseguir su libertad, somos más esclavos que nunca. Y no voy a comenzar con el discurso ridículo que sostiene el también ridículo presidente de Venezuela; quien culpa al gobierno Norteamericano de todas las vicisitudes y cataclismos de la región, pues no lo considero así. Nuestro mal viene de dentro y tiene nombre “malas prácticas en el quehacer político”, pues no es justo que un pueblo democrático se vea a las puertas de una dictadura, no sé si llamarla siniestra, pero lo que sí puedo decir de ella es que es perjudicial para la democracia, pues socaba profundamente sus más importantes pilares.
La democracia es el poder que se ejerce, por el pueblo , desde el pueblo y para el pueblo, o al menos eso es lo que aprendimos de la democracia griega, quien fue el primer pueblo que la adopto como forma de gobierno, ahora bien; nuestra democracia ha concedido al presidente de la república una única reelección, algo que me parece importante pues es el derecho de un país a prolongar en el tiempo las buenas prácticas de gobierno, pero cuando todo un aparato estatal se volca a trabajar para un solo hombre, en cuyo poder se concentran todos los poderes, no por mandato constitucional sino por atribución propia nos encontramos ante un grave problema, este es: el resquebrajamiento de la democracia y de la valida opinión de un pueblo. Aquí muchos dirían que es el mandato popular el que pide que este ser mediático continúe en el gobierno como premio a su labor y carisma, entonces necesito responder; Colombia es un estado social de derecho, cuya forma de gobierno es la democracia y en donde la figura del presidente simplemente representa la unidad nacional, pero esta imagen no puede en ningún caso convertirse en la forma misma de gobierno desplazando el ejercicio democrático en donde todas las opiniones tienen una validez.
Por esto enfrentar una segunda reelección de cualquier persona es el primer paso para convertirnos en una dictadura donde la norma se cambia y se irrespeta en cada instante cual ramera, y en donde la libertad pierde sentido, pues el poder se ejerce: por un hombre, desde un hombre y para un hombre, dejando relegada la misión de servicio público que se le encomienda al presidente. Así hoy más que nunca no nos es posible llamarnos un país libre y mucho menos celebrar un bicentenario, pues las luchas de las campañas libertadoras han sido revividas, un hombre con amenazas enfrenta el poder judicial, con intimidaciones de cierre obliga al poder legislativo tramitar un referendo inconstitucional y lo peor sale airoso de los escándalos que lo rodean delegando culpables y no asumiendo responsabilidades.
¿Qué diría Bolívar de esta situación?, yo sé, lo mismo que dijo en su campaña libertadora: “Huid del país donde uno solo ejerce todos los poderes: es un país de esclavos.” Ahora somos esclavos y el poder que por antonomasia es nuestro no se nos quiere devolver, por esto: hoy más que nunca se debe retirar esta estrofa de nuestro himno: “¡Independencia!” grita el mundo americano; se baña en sangre de héroes la tierra de Colón. Pero este gran principio: “El rey no es soberano”, no tenemos derecho a gritar independencia, pero si a llorar la sangre de nuestros muertos y el rey si es soberano, ya que actúa como le place y sigue haciendo con esta tierra lo que se le antoja, lo peor de todo con nuestra venia.